domingo, 29 de octubre de 2017

¿Vampiros en Valaquia?
Una explicación bioquímica de la leyenda
Agustín Adúriz-Bravo

Seguramente alguna vez viste
películas de vampiros. ¡Qué
miedo dan!
La imagen más conocida de
los vampiros es la de unos hombres
pálidos y siniestros con dientes
largos y afilados. Vestidos con largas
capas negras, salen por las
noches a beber la sangre de la
gente; eso los hace eternamente
jóvenes.
Habitan en castillos lúgubres.
Despiertos de noche, duermen de
día en ataúdes, ya que no soportan
la luz solar. Tienen mucho
pelo en las mejillas y en
las manos. Rehúyen del
ajo y de las rosas, y pueden transformarse
 en murciélagos o en lobos. Sus cazadores los matan clavándoles
una estaca en el corazón.
En casi todas las culturas hubo personajes imaginarios
que se alimentan de sangre humana. Durante mucho
tiempo se creyó en ellos y llegaron a provocar pánico en
algunos pueblos.
Actualmente sabemos que los vampiros son personajes
creados por los mitos populares y recreados en la literatura.
Por ejemplo, el tipo de vampiros que describimos
aquí, difundido por el cine y la televisión, surgió en el
centro de Europa hace unos 600 años.
En particular, los antiguos habitantes de Valaquia y
Transilvania, dos territorios de la Rumania actual, creyeron
en la existencia de vampiros durante siglos. De las
cercanías de la ciudad de Bistrita, en Transilvania, proviene
el célebre conde Drácula, un personaje literario creado
por el escritor inglés Bram Stoker, inspirado en
una persona real: el príncipe Vlad Tepes, famoso
por su crueldad, quien llegó a ser
soberano de Valaquia.
¿Por qué, en otras épocas,
tanta gente relató historias
de vampiros? ¿Y por qué
no hay hoy en día
quien describa seriamente
un encuentro
con un vampiro?

¿Y si los vampiros realmente existieran?
David Dolphin, un afamado bioquímico canadiense,
postuló en 1985 que los vampiros podrían haber existido.
Pero Dolphin aclaró que no eran seres tenebrosos sino
personas reales que padecían una enfermedad muy rara.
Tal enfermedad se conoce hoy como mal de Günther, en
recuerdo del médico que la describió con detalle. Su
nombre científico es algo más largo y complejo: porfiria
eritropoyética congénita.
Dolphin señala que los síntomas más comunes de
esa porfiria se parecen muchísimo a los rasgos adjudicados
a los vampiros míticos. Revisemos algunas de
esas semejanzas:
Delgadez y palidez. La porfiria
provoca anemia; es decir, la sangre
tiene menos glóbulos rojos de
lo normal. Esto hace que algunas
personas anémicas sean demacradas
y pálidas, tal como los
vampiros clásicos.
Pánico a la luz solar. La porfiria
provoca actinismo: quienes la
padecen no pueden tomar sol, ya que
su luz les provoca graves quemaduras
en la piel, con úlceras que sangran. Por
ello, los porfíricos suelen salir solo de noche
o bien se visten con ropas largas y oscuras...
¡como el conde Drácula!
Pelos inusuales. La porfiria provoca hirsutismo,
esto es, crecimiento de pelos en lugares
donde comúnmente no hay, como entre
las cejas, en las mejillas muy cerca de los
ojos y en las palmas de las manos. ¡Algo
parecido describe Bram Stoker en su novela!
Grandes colmillos. La porfiria está
acompañada de la aparición de complicaciones
en los dientes, las encías y los labios,
complicaciones que causan que los dientes
se vean anormalmente largos y puntiagudos,
como los típicos colmillos de los vampiros
cinematográficos.

Estas semejanzas, entre otros argumentos
basados en las características
de la enfermedad, condujeron a Dolphin
a conjeturar que las abundantes narraciones
de encuentros con vampiros
en Valaquia tendrían su origen en una
especie de “epidemia” de porfiria en
esa región.
Pero cuidado: Dolphin no afirma
que los vampiros míticos existieran, sino
que la gente de otras épocas, que desconocía
la porfiria como enfermedad,
estaba convencida de que quienes la
padecían no eran humanos, sino seres
sobrenaturales, guiados por intenciones
malévolas.
Mito y ciencia
Dolphin propuso una explicación
bioquímica para el vampirismo porque
sabía que muchas criaturas mitológicas
fueron, a su debido tiempo, reinterpretadas
por la ciencia. En otras épocas, la
imaginación popular transformó algunos
animales o personas reales en mitos porque
no se tenía entonces una explicación
convincente para sus características.
Un ejemplo conocido de un mito
revisado por la ciencia es el del unicornio,
un caballo fabuloso con un
cuerno en la frente. Probablemente,
los unicornios nacieron como
mezcla de varios animales poco
conocidos en la antigüedad, como
el rinoceronte y el narval (un mamífero
marino pariente del delfín).
Porfirias al por mayor
El nombre de porfiria dado a
este mal deriva de una palabra
griega que significa “morado”,
puesto que los porfíricos tienen la
orina de ese color.
La porfiria eritropoyética congénita es
solo una de entre varias enfermedades que forman la familia
de las porfirias. Todas ellas involucran defectos en el
proceso de fabricación de la hemoglobina, la sustancia
responsable del color rojo de la sangre, encargada de llevar
oxígeno a los órganos del cuerpo para asegurar su
funcionamiento.
La sangre de nuestros cuerpos se “renueva” constantemente.
Algunos órganos se encargan de generarla y
otros, de destruirla. Una persona porfírica tiene problemas
para fabricar sangre nueva y, por ende, sufre de
anemia. La presencia de algunas sustancias inusuales
en la sangre de quienes están aquejados de esta enfermedad
es causante de la intolerancia a la luz solar y del
deterioro de los dientes.
Un rasgo importante de las porfirias es que son hereditarias.
Esto significa que, para padecer alguna clase
de porfiria, tanto el papá como la mamá del paciente
porfírico tienen que ser portadores de la enfermedad,
aunque en ellos no se manifiesten sus síntomas.
Sucede que en los cromosomas de las células de los
padres hay un gen con “defectos”. Podría decirse que
ese gen no tiene las instrucciones apropiadas para que el
cuerpo ensamble correctamente la hemoglobina. Cuando
un niño o una niña hereda, tanto de su madre como
de su padre, una copia de ese gen defectuoso, entonces
en él o en ella se manifiesta la enfermedad.

¿Podemos aceptar lo que dice Dolphin?

Dolphin planteó una idea que, en la metodología de las
ciencias, se denomina hipótesis. Es decir, el científico canadiense
supuso que la abundancia de leyendas de vampiros en
la Europa central de hace algunos siglos se debió a que la
porfiria pudo haber estado muy extendida en esas regiones
y en esas épocas.
No es sencillo comprobar esta hipótesis. Incluso, hay varios
investigadores que la han criticado, diciendo que es demasiado
especulativa.
Así, la hipótesis de Dolphin por ahora no es más que una
idea audaz introducida para tratar de dar respuesta al enigma
de por qué diferentes pueblos, en diferentes épocas, imaginaron
vampiros.
La formulación de hipótesis es uno de los procesos más
importantes de la ciencia. Frente a un problema, los científicos
plantean una solución provisional y luego proceden de
modo de ver si se han equivocado o van por el buen camino.
Con base en los resultados de las investigaciones, las hipótesis
son aceptadas o rechazadas.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

¿Vampiros en Valaquia? Una explicación bioquímica de la leyenda Agustín Adúriz-Bravo Seguramente alguna vez viste películas de vampiros...