¿Vampiros en Valaquia?
Una explicación bioquímica de la leyenda
Agustín Adúriz-Bravo
Seguramente alguna vez viste
películas de vampiros. ¡Qué
miedo dan!
La imagen más conocida de
los vampiros es la de unos hombres
pálidos y siniestros con dientes
largos y afilados. Vestidos con largas
capas negras, salen por las
noches a beber la sangre de la
gente; eso los hace eternamente
jóvenes.
Habitan en castillos lúgubres.
Despiertos de noche, duermen de
día en ataúdes, ya que no soportan
la luz solar. Tienen mucho
pelo en las mejillas y en
las manos. Rehúyen del
ajo y de las rosas, y pueden transformarse
en murciélagos o en lobos. Sus cazadores los matan clavándoles
una estaca en el corazón.
En casi todas las culturas hubo personajes imaginarios
que se alimentan de sangre humana. Durante mucho
tiempo se creyó en ellos y llegaron a provocar pánico en
algunos pueblos.
Actualmente sabemos que los vampiros son personajes
creados por los mitos populares y recreados en la literatura.
Por ejemplo, el tipo de vampiros que describimos
aquí, difundido por el cine y la televisión, surgió en el
centro de Europa hace unos 600 años.
En particular, los antiguos habitantes de Valaquia y
Transilvania, dos territorios de la Rumania actual, creyeron
en la existencia de vampiros durante siglos. De las
cercanías de la ciudad de Bistrita, en Transilvania, proviene
el célebre conde Drácula, un personaje literario creado
por el escritor inglés Bram Stoker, inspirado en
una persona real: el príncipe Vlad Tepes, famoso
por su crueldad, quien llegó a ser
soberano de Valaquia.
¿Por qué, en otras épocas,
tanta gente relató historias
de vampiros? ¿Y por qué
no hay hoy en día
quien describa seriamente
un encuentro
con un vampiro?
¿Y si los vampiros realmente existieran?
David Dolphin, un afamado bioquímico canadiense,
postuló en 1985 que los vampiros podrían haber existido.
Pero Dolphin aclaró que no eran seres tenebrosos sino
personas reales que padecían una enfermedad muy rara.
Tal enfermedad se conoce hoy como mal de Günther, en
recuerdo del médico que la describió con detalle. Su
nombre científico es algo más largo y complejo: porfiria
eritropoyética congénita.
Dolphin señala que los síntomas más comunes de
esa porfiria se parecen muchísimo a los rasgos adjudicados
a los vampiros míticos. Revisemos algunas de
esas semejanzas:
Delgadez y palidez. La porfiria
provoca anemia; es decir, la sangre
tiene menos glóbulos rojos de
lo normal. Esto hace que algunas
personas anémicas sean demacradas
y pálidas, tal como los
vampiros clásicos.
Pánico a la luz solar. La porfiria
provoca actinismo: quienes la
padecen no pueden tomar sol, ya que
su luz les provoca graves quemaduras
en la piel, con úlceras que sangran. Por
ello, los porfíricos suelen salir solo de noche
o bien se visten con ropas largas y oscuras...
¡como el conde Drácula!
Pelos inusuales. La porfiria provoca hirsutismo,
esto es, crecimiento de pelos en lugares
donde comúnmente no hay, como entre
las cejas, en las mejillas muy cerca de los
ojos y en las palmas de las manos. ¡Algo
parecido describe Bram Stoker en su novela!
Grandes colmillos. La porfiria está
acompañada de la aparición de complicaciones
en los dientes, las encías y los labios,
complicaciones que causan que los dientes
se vean anormalmente largos y puntiagudos,
como los típicos colmillos de los vampiros
cinematográficos.
Estas semejanzas, entre otros argumentos
basados en las características
de la enfermedad, condujeron a Dolphin
a conjeturar que las abundantes narraciones
de encuentros con vampiros
en Valaquia tendrían su origen en una
especie de “epidemia” de porfiria en
esa región.
Pero cuidado: Dolphin no afirma
que los vampiros míticos existieran, sino
que la gente de otras épocas, que desconocía
la porfiria como enfermedad,
estaba convencida de que quienes la
padecían no eran humanos, sino seres
sobrenaturales, guiados por intenciones
malévolas.
Mito y ciencia
Dolphin propuso una explicación
bioquímica para el vampirismo porque
sabía que muchas criaturas mitológicas
fueron, a su debido tiempo, reinterpretadas
por la ciencia. En otras épocas, la
imaginación popular transformó algunos
animales o personas reales en mitos porque
no se tenía entonces una explicación
convincente para sus características.
Un ejemplo conocido de un mito
revisado por la ciencia es el del unicornio,
un caballo fabuloso con un
cuerno en la frente. Probablemente,
los unicornios nacieron como
mezcla de varios animales poco
conocidos en la antigüedad, como
el rinoceronte y el narval (un mamífero
marino pariente del delfín).
Porfirias al por mayor
El nombre de porfiria dado a
este mal deriva de una palabra
griega que significa “morado”,
puesto que los porfíricos tienen la
orina de ese color.
La porfiria eritropoyética congénita es
solo una de entre varias enfermedades que forman la familia
de las porfirias. Todas ellas involucran defectos en el
proceso de fabricación de la hemoglobina, la sustancia
responsable del color rojo de la sangre, encargada de llevar
oxígeno a los órganos del cuerpo para asegurar su
funcionamiento.
La sangre de nuestros cuerpos se “renueva” constantemente.
Algunos órganos se encargan de generarla y
otros, de destruirla. Una persona porfírica tiene problemas
para fabricar sangre nueva y, por ende, sufre de
anemia. La presencia de algunas sustancias inusuales
en la sangre de quienes están aquejados de esta enfermedad
es causante de la intolerancia a la luz solar y del
deterioro de los dientes.
Un rasgo importante de las porfirias es que son hereditarias.
Esto significa que, para padecer alguna clase
de porfiria, tanto el papá como la mamá del paciente
porfírico tienen que ser portadores de la enfermedad,
aunque en ellos no se manifiesten sus síntomas.
Sucede que en los cromosomas de las células de los
padres hay un gen con “defectos”. Podría decirse que
ese gen no tiene las instrucciones apropiadas para que el
cuerpo ensamble correctamente la hemoglobina. Cuando
un niño o una niña hereda, tanto de su madre como
de su padre, una copia de ese gen defectuoso, entonces
en él o en ella se manifiesta la enfermedad.
¿Podemos aceptar lo que dice Dolphin?
Dolphin planteó una idea que, en la metodología de las
ciencias, se denomina hipótesis. Es decir, el científico canadiense
supuso que la abundancia de leyendas de vampiros en
la Europa central de hace algunos siglos se debió a que la
porfiria pudo haber estado muy extendida en esas regiones
y en esas épocas.
No es sencillo comprobar esta hipótesis. Incluso, hay varios
investigadores que la han criticado, diciendo que es demasiado
especulativa.
Así, la hipótesis de Dolphin por ahora no es más que una
idea audaz introducida para tratar de dar respuesta al enigma
de por qué diferentes pueblos, en diferentes épocas, imaginaron
vampiros.
La formulación de hipótesis es uno de los procesos más
importantes de la ciencia. Frente a un problema, los científicos
plantean una solución provisional y luego proceden de
modo de ver si se han equivocado o van por el buen camino.
Con base en los resultados de las investigaciones, las hipótesis
son aceptadas o rechazadas.
domingo, 29 de octubre de 2017
Actividades de lectura.
El guiso fantasmagórico
Relato de la mítica invención de los marcadores radiactivos
George de Hevesy ganó el premio Nobel de química en
1943, por su utilización de los radioisótopos (elementos
radiactivos) en el estudio de los procesos químicos, y el premio
Átomos para la Paz en 1959, por sus contribuciones al empleo
pacífico de las radiaciones.
En un libro autobiográfico, de Hevesy contó el origen de su
más importante invención: los llamados marcadores radiactivos,
de gran utilidad para la ciencia actual. Esta brillante utilización
de la radiactividad aparentemente surgió como solución a un
enigma doméstico, a principios del siglo XX.
1
El guiso fantasmagórico
Relato de la mítica invención de los marcadores radiactivos
Agustín Adúriz-Bravo
En una pensión de estudiantes De Hevesy había nacido en 1885 en Hungría,
un territorio que en esa época formaba parte del poderoso Imperio Austrohúngaro.
En 1911, de Hevesy, con 26 años y un doctorado en ciencias, iniciaba su carrera
de investigador.
A fin de perfeccionarse había viajado a Manchester, en el norte de Inglaterra,
para trabajar junto al célebre físico Ernest Rutherford,
quien en 1908 había obtenido el premio Nobel de química por sus
investigaciones sobre los elementos radiactivos.
El laboratorio de Rutherford era uno de los más importantes de
Europa. Allí se estaban haciendo estudios sobre los átomos, la estructura
de la materia y la radiactividad.
En aquellos años, luego de los trabajos pioneros de Marie y
Pierre Curie, la radiactividad era un fenómeno que atrapaba la
atención y el interés de muchos investigadores en diversas partes
del mundo. No obstante, seguía presentando aspectos
misteriosos que era preciso dilucidar, ya que los
científicos intuían que las sustancias radiactivas podían
llegar a tener múltiples e importantes aplicaciones
en tecnología y en medicina.
En Manchester, de Hevesy era un estudiante
viviendo lejos de su país, por eso
pasaba bastantes penurias económicas.
Se alojaba en una pensión
modesta, regenteada por una
patrona extravagante y autoritaria.
Una de las peores características de esa
pensión, y la que más molestaba a de Hevesy, era
el deprimente régimen de comidas que servía la señora
de la casa. Día tras día el menú se repetía, haciéndose
progresivamente más repugnante e incomible.
De Hevesy llegó incluso a sufrir malestares
estomacales en diversas oportunidades, debido al mal
estado de los alimentos que se servían en la pensión.
Nace una idea
De Hevesy comenzó a sospechar que la patrona
reciclaba la carne de las sobras que quedaban
en los platos de los pobres pensionistas.
Para probar su suposición, o hipótesis, de Hevesy
tuvo la ocurrencia de aprovechar las propiedades de las
sustancias radiactivas: que permanecen por mucho tiempo
en los materiales y que se pueden detectar con instrumentos
sencillos y baratos. De Hevesy decidió marcar alguna de las comidas
que le sirvieran con una sustancia radiactiva, para luego
poder seguirle la pista.
Así, de Hevesy llevó a la pensión, a escondidas, una pequeña
cantidad de una sustancia que entonces se conocía como radio-D,
que tomó prestada de los armarios del laboratorio de
Rutherford. Hoy se sabe que el radio-D es una variedad radiactiva del plomo, un
metal de múltiples aplicaciones en la vida cotidiana. Un domingo, durante el almuerzo,
y aprovechando un momento en que la patrona estaba distraída, de Hevesy mezcló el plomo radiactivo con las sobras de su pastel de carne que, a propósito, dejó abandonadas
en su plato. Tres días después, por medio un instrumento muy simple llamado electroscopio de hojitas de oro, de Hevesy detectó que del soufflé servido como plato principal emanaban
radiaciones. De este modo desenmascaró los fraudulentos manejos culinarios
de la dueña de la pensión, que ponían en peligro la salud de los pensionistas.
Ofuscada y culposa, la señora echó inmediatamente a de Hevesy de la casa.
No sabemos si, luego de su partida, la ahorrativa patrona insistió en reciclar las sobras.
Las distintas sustancias radiactivas se diferencian por el tipo de
radiación que emiten los núcleos de sus átomos. Los principales tipos de radiación se conocen con las letras griegas alfa ( ), beta ( ) y gama ( ). La radiación gama es las más
peligrosa para la salud. En general, la alfa no es tan peligrosa; no puede viajar por el aire grandes distancias y además muchos materiales la absorben. La radiación alfa puede ser detenida con papel, vidrio o tela. Por eso, de Hevesy pudo transportar el radio-D (emisor alfa)
en un frasco de vidrio desde el laboratorio hasta la pensión, y luego manipularlo y meterlo en
el guiso sin contaminarse. Sin embargo, la radiación alfa es muy peligrosa si se
ingiere la sustancia emisora. Para preservar la salud de sus compañeros
pensionistas, seguramente de Hevesy puso una cantidad extremadamente pequeña
de marcardor en el guiso y además no permitió que nadie lo comiera
antes de haber rastreado la sustancia.. El aire con menos electrones queda cargado de
electricidad.
El original experimento de de Hevesy, que resolvió en forma sencilla y práctica
el desafío de probar que la patrona preparaba guisos “fantasmagóricos”
reciclando sobras, abrió el camino para introducir este uso de la radiactividad,
por analogía, en otros campos. De Hevesy imaginó que sería posible marcar un material de modo que este emitiera radiaciones y luego emplear aparatos para seguir las transformaciones
que pudiese sufrir el material a través de diferentes procesos.. Entonces, el movimiento de las hojitas de oro es una prueba indirecta de que cerca hay un marcador radiactivo que
emite partículas cargadas. Cuando las hojitas se descargan, vuelven a juntarse. Como al aire le faltan electrones, los toma del electroscopio. Las hojitas de oro del electroscopio tienen electrones de más, por eso están separadas (decimos que se repelen). Los rayos alfa, al viajar por el aire, arrastran los electrones de los átomos de algunos gases
que lo componen. Los rayos alfa son minúsculas partículas con carga eléctrica positiva,
despedidas por los núcleos de los átomos del material radiactivo. El radio-D emite unas radiaciones que se conocen como rayos alfa.
El electroscopio es un instrumento que permite detectar esa electricidad del aire.
¿Cómo hizo de Hevesy para demostrar que el soufflé de la patrona era un guiso
“fantasmagórico” hecho con sobras de “La idea de los días anteriores? de Hevesy,
¿era peligrosa?”
En 1911...
Marie Curie gana el premio Nobel de química por el descubrimiento
del radio, un nuevo metal radiactivo.
Se proclama la República China.
El explorador noruego Roald Amundsen es el primer hombre
en llegar al polo sur.
El arquéologo estadounidense Hiram Bingham encuentra los
restos de la ciudad inca de Machu Picchu, en Perú.
En Argentina, nacen el escritor Ernesto Sabato y el piloto de
carreras Juan Manuel Fangio.
Los marcadores hoy
Desde el invento de de Hevesy, se consiguió evolucionar mucho
en la aplicación de la técnica de los marcadores radiactivos. Cada
vez tenemos mayor variedad de marcadores y mejores instrumentos
de detección, de modo que hoy es posible marcar prácticamente
cualquier proceso natural o de laboratorio, y detectar las pequeñísimas
cantidades de radiación emitidas.
Los marcadores radiactivos se conocen también como trazadores
o rastreadores. Se trata de compuestos que contienen sustancias
radiactivas, ya sea naturales o artificiales. La propiedad que los hace
útiles es que pueden ser seguidos a lo largo de un proceso físico,
químico o biológico debido a que emiten radiaciones.
Los marcadores lanzan algo así como rayos de luz, pero invisibles
al ojo humano; de ese modo dejan una huella (a modo de
rastro) en el trayecto que siguen en un sistema que cambia a lo
largo del tiempo. La marca que deja la radiactividad permanece
por mucho tiempo y se puede detectar su presencia (rastrearla)
con diversos instrumentos.
Por ejemplo, es posible marcar agua introduciendo en ella alguna
sustancia radiactiva (como algún isótopo radiactivo del plomo)
y luego detectar la radiación que esa sustancia va emitiendo al
desplazarse dentro de una planta o de un animal que hubiesen absorbido
o ingerido esa agua.
Los marcadores pueden usarse inlcuso en los seres humanos. Si
a nuestro cuerpo se le inyectan algunas sustancias marcadas radiactivamente
de modo que sean transportadas por la sangre, poco
después puede conocerse a qué parte del cuerpo han ido esas sustancias
y dónde son aprovechadas.
Es así que la técnica de los marcadores radiactivos posee enorme
importancia en medicina, tanto para diagnosticar algunas enfermedades
como también para conocer el funcionamiento del cuerpo sano.
El guiso fantasmagórico
Relato de la mítica invención de los marcadores radiactivos
George de Hevesy ganó el premio Nobel de química en
1943, por su utilización de los radioisótopos (elementos
radiactivos) en el estudio de los procesos químicos, y el premio
Átomos para la Paz en 1959, por sus contribuciones al empleo
pacífico de las radiaciones.
En un libro autobiográfico, de Hevesy contó el origen de su
más importante invención: los llamados marcadores radiactivos,
de gran utilidad para la ciencia actual. Esta brillante utilización
de la radiactividad aparentemente surgió como solución a un
enigma doméstico, a principios del siglo XX.
1
El guiso fantasmagórico
Relato de la mítica invención de los marcadores radiactivos
Agustín Adúriz-Bravo
En una pensión de estudiantes De Hevesy había nacido en 1885 en Hungría,
un territorio que en esa época formaba parte del poderoso Imperio Austrohúngaro.
En 1911, de Hevesy, con 26 años y un doctorado en ciencias, iniciaba su carrera
de investigador.
A fin de perfeccionarse había viajado a Manchester, en el norte de Inglaterra,
para trabajar junto al célebre físico Ernest Rutherford,
quien en 1908 había obtenido el premio Nobel de química por sus
investigaciones sobre los elementos radiactivos.
El laboratorio de Rutherford era uno de los más importantes de
Europa. Allí se estaban haciendo estudios sobre los átomos, la estructura
de la materia y la radiactividad.
En aquellos años, luego de los trabajos pioneros de Marie y
Pierre Curie, la radiactividad era un fenómeno que atrapaba la
atención y el interés de muchos investigadores en diversas partes
del mundo. No obstante, seguía presentando aspectos
misteriosos que era preciso dilucidar, ya que los
científicos intuían que las sustancias radiactivas podían
llegar a tener múltiples e importantes aplicaciones
en tecnología y en medicina.
En Manchester, de Hevesy era un estudiante
viviendo lejos de su país, por eso
pasaba bastantes penurias económicas.
Se alojaba en una pensión
modesta, regenteada por una
patrona extravagante y autoritaria.
Una de las peores características de esa
pensión, y la que más molestaba a de Hevesy, era
el deprimente régimen de comidas que servía la señora
de la casa. Día tras día el menú se repetía, haciéndose
progresivamente más repugnante e incomible.
De Hevesy llegó incluso a sufrir malestares
estomacales en diversas oportunidades, debido al mal
estado de los alimentos que se servían en la pensión.
Nace una idea
De Hevesy comenzó a sospechar que la patrona
reciclaba la carne de las sobras que quedaban
en los platos de los pobres pensionistas.
Para probar su suposición, o hipótesis, de Hevesy
tuvo la ocurrencia de aprovechar las propiedades de las
sustancias radiactivas: que permanecen por mucho tiempo
en los materiales y que se pueden detectar con instrumentos
sencillos y baratos. De Hevesy decidió marcar alguna de las comidas
que le sirvieran con una sustancia radiactiva, para luego
poder seguirle la pista.
Así, de Hevesy llevó a la pensión, a escondidas, una pequeña
cantidad de una sustancia que entonces se conocía como radio-D,
que tomó prestada de los armarios del laboratorio de
Rutherford. Hoy se sabe que el radio-D es una variedad radiactiva del plomo, un
metal de múltiples aplicaciones en la vida cotidiana. Un domingo, durante el almuerzo,
y aprovechando un momento en que la patrona estaba distraída, de Hevesy mezcló el plomo radiactivo con las sobras de su pastel de carne que, a propósito, dejó abandonadas
en su plato. Tres días después, por medio un instrumento muy simple llamado electroscopio de hojitas de oro, de Hevesy detectó que del soufflé servido como plato principal emanaban
radiaciones. De este modo desenmascaró los fraudulentos manejos culinarios
de la dueña de la pensión, que ponían en peligro la salud de los pensionistas.
Ofuscada y culposa, la señora echó inmediatamente a de Hevesy de la casa.
No sabemos si, luego de su partida, la ahorrativa patrona insistió en reciclar las sobras.
Las distintas sustancias radiactivas se diferencian por el tipo de
radiación que emiten los núcleos de sus átomos. Los principales tipos de radiación se conocen con las letras griegas alfa ( ), beta ( ) y gama ( ). La radiación gama es las más
peligrosa para la salud. En general, la alfa no es tan peligrosa; no puede viajar por el aire grandes distancias y además muchos materiales la absorben. La radiación alfa puede ser detenida con papel, vidrio o tela. Por eso, de Hevesy pudo transportar el radio-D (emisor alfa)
en un frasco de vidrio desde el laboratorio hasta la pensión, y luego manipularlo y meterlo en
el guiso sin contaminarse. Sin embargo, la radiación alfa es muy peligrosa si se
ingiere la sustancia emisora. Para preservar la salud de sus compañeros
pensionistas, seguramente de Hevesy puso una cantidad extremadamente pequeña
de marcardor en el guiso y además no permitió que nadie lo comiera
antes de haber rastreado la sustancia.. El aire con menos electrones queda cargado de
electricidad.
El original experimento de de Hevesy, que resolvió en forma sencilla y práctica
el desafío de probar que la patrona preparaba guisos “fantasmagóricos”
reciclando sobras, abrió el camino para introducir este uso de la radiactividad,
por analogía, en otros campos. De Hevesy imaginó que sería posible marcar un material de modo que este emitiera radiaciones y luego emplear aparatos para seguir las transformaciones
que pudiese sufrir el material a través de diferentes procesos.. Entonces, el movimiento de las hojitas de oro es una prueba indirecta de que cerca hay un marcador radiactivo que
emite partículas cargadas. Cuando las hojitas se descargan, vuelven a juntarse. Como al aire le faltan electrones, los toma del electroscopio. Las hojitas de oro del electroscopio tienen electrones de más, por eso están separadas (decimos que se repelen). Los rayos alfa, al viajar por el aire, arrastran los electrones de los átomos de algunos gases
que lo componen. Los rayos alfa son minúsculas partículas con carga eléctrica positiva,
despedidas por los núcleos de los átomos del material radiactivo. El radio-D emite unas radiaciones que se conocen como rayos alfa.
El electroscopio es un instrumento que permite detectar esa electricidad del aire.
¿Cómo hizo de Hevesy para demostrar que el soufflé de la patrona era un guiso
“fantasmagórico” hecho con sobras de “La idea de los días anteriores? de Hevesy,
¿era peligrosa?”
En 1911...
Marie Curie gana el premio Nobel de química por el descubrimiento
del radio, un nuevo metal radiactivo.
Se proclama la República China.
El explorador noruego Roald Amundsen es el primer hombre
en llegar al polo sur.
El arquéologo estadounidense Hiram Bingham encuentra los
restos de la ciudad inca de Machu Picchu, en Perú.
En Argentina, nacen el escritor Ernesto Sabato y el piloto de
carreras Juan Manuel Fangio.
Los marcadores hoy
Desde el invento de de Hevesy, se consiguió evolucionar mucho
en la aplicación de la técnica de los marcadores radiactivos. Cada
vez tenemos mayor variedad de marcadores y mejores instrumentos
de detección, de modo que hoy es posible marcar prácticamente
cualquier proceso natural o de laboratorio, y detectar las pequeñísimas
cantidades de radiación emitidas.
Los marcadores radiactivos se conocen también como trazadores
o rastreadores. Se trata de compuestos que contienen sustancias
radiactivas, ya sea naturales o artificiales. La propiedad que los hace
útiles es que pueden ser seguidos a lo largo de un proceso físico,
químico o biológico debido a que emiten radiaciones.
Los marcadores lanzan algo así como rayos de luz, pero invisibles
al ojo humano; de ese modo dejan una huella (a modo de
rastro) en el trayecto que siguen en un sistema que cambia a lo
largo del tiempo. La marca que deja la radiactividad permanece
por mucho tiempo y se puede detectar su presencia (rastrearla)
con diversos instrumentos.
Por ejemplo, es posible marcar agua introduciendo en ella alguna
sustancia radiactiva (como algún isótopo radiactivo del plomo)
y luego detectar la radiación que esa sustancia va emitiendo al
desplazarse dentro de una planta o de un animal que hubiesen absorbido
o ingerido esa agua.
Los marcadores pueden usarse inlcuso en los seres humanos. Si
a nuestro cuerpo se le inyectan algunas sustancias marcadas radiactivamente
de modo que sean transportadas por la sangre, poco
después puede conocerse a qué parte del cuerpo han ido esas sustancias
y dónde son aprovechadas.
Es así que la técnica de los marcadores radiactivos posee enorme
importancia en medicina, tanto para diagnosticar algunas enfermedades
como también para conocer el funcionamiento del cuerpo sano.
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